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domingo, 29 de marzo de 2009

Inexplicable la buena música, ésa que entra sin ser invitada

No existe una explicación última para la excelencia musical o literaria. ¿Por qué una canción es profundamente buena, por qué lo es un cuento? Quién sabe. La certeza nos asalta como el atractivo de una mujer o las ganas de llorar ante un atardecer que se achata. Cuando atestiguas un milagro artístico, no cabe duda de que estás escuchando o leyendo una obra excelsa.



En reuniones con amigos, podrías defenderte con mucha convicción. Decir que la instrumentación fue ejecutada de modo impecable, o que la estructura de la narración es de una compleja sencillez. Pero hasta ahí llegarán tus argumentos. Lo demás será misterioso.



Hay dos artistas que me causan esa sensación. El grupo Señor Loop y el compositor Carlos Méndez. Creo, con honestidad, que si ellos mismos se preguntaran qué esencia anima sus melodías o letras, caerían en laberintos que afearían sus interpretaciones. Sería como deshojar una rosa para entender su belleza. El nacimiento de una buena canción es, simplemente, dejarse ir.



Puede ser que la voz sea carrasposa a veces, que un falsete entre en un momento ilógico o que la guitarra hable con un ragueo cansado. Sin embargo, el todo se percibirá engranado con exactitud. Puede ser que los versos no estén partidos del modo correcto. No importa. Éste no es el terreno de la teoría sino del sentimiento. Nina Simone tenía una voz muy distinta a la que se creía ideal y, sin embargo, qué delicias provocaba su voz.

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