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martes, 26 de octubre de 2010

Palabras en la presentación del libro Calígine Urbana, por Alberto Cabredo.

Como todos saben, los cambios económicos y sociales avanzan con mayor rapidez que los acomodamientos psicológicos que todos realizamos, para ajustarnos a las altas y bajas que a diario se imponen, y si a esto añadimos la indolencia que nos causa ser testigos, año tras año, de problemas que parecen destinados a no resolverse jamás o estar archivados en un cajón cuya nombre es: “Asuntos que resolverá el tiempo”, no podemos menos que plasmar, como protagonistas del espacio - tiempo en que vivimos, lo que se sucede a contrapelo del progreso en una urbe capitalina que el lector identificará con mucha facilidad en este libro.

Con relación a lo expresado, me permito citar al escritor Mario Vargas Llosa, reciente Premio Nobel de Literatura, que en su obra El Viaje a la Ficción señala: “Todo lo que sea sueño, fantasía, Apocalipsis, fuga hacia lo imaginario, ha prendido en América Latina con facilidad, y, viceversa, los empeños por enraizar las empresas políticas y sociales en la realidad, siguiendo los ejemplos exitosos…, han fracasado por ese desapego «sanmariano » continental por lo racional y posible en nombre de lo irracional o lo onírico…, esa disposición catastrófica desde el punto de vista político, social y económico y razón de ser de nuestro subdesarrollo, ha servido, paradójicamente, para estimular las aventuras imaginarias y producir creaciones literarias y artísticas de gran fuerza y originalidad, como lo son las utopías y mitologías creadas por un Borges, García Márquez, un Rulfo, un Cortazar y un Carpentier. Y, por supuesto un Onetti. Curiosamente, es éste quien pese a su desprecio por la literatura comprometida y su desdén con las obras literarias con mensaje, gracias a su intuición, sensibilidad y autenticidad, fantaseó un mundo que, de esa manera indirecta y simbólica del arte para expresar la realidad, mostró una verdad profunda y trágica de la condición Latinoamericana”.

A este respecto, aunque el escritor entienda que la fantasía es cónsuna con la Literatura, no puede desapegarse consciente o inconscientemente del mundo en que vive; y por ello, unos más y otros menos, tienden a plasmar posiciones frente a su realidad o la de otros. Y este es el caso de “CALÍGENE URBANA”, en que he querido convertirme en un Cronista, a veces irónico, que anhela, que dentro de 50 años, si alguien lee esta obra, se alegre de que ya no ocurran algunas cosas que en ella se narran. En este orden de ideas, quiero manifestar que atiendo simplemente al interés superior de convocar al lector, de forma alusiva o indirecta, a propender al bien común y la solidaridad humana, sin ser en este intento, para nada, panfletario.

En la obra Así se escribe un cuento de Mempo Giardinelli, el escritor del siglo XIX Juan Filloy expresa algo que quizás algunos escritores presentes cuestionarían por lo rotundo del señalamiento, cuando indica: … El escritor es un notario público; debe aprovechar los datos de la realidad circundante, y aderezarlos poniendo imaginación. El escritor que no tenga imaginación que se corte la mano, que no escriba. La imaginación es el 90 por ciento de una obra. Pero el escritor participa un poco de esa tarea de Tabelión antiguo. Tabelión quiere decir escribano; vienen del latín. En portugués también. Y en castellano existe - búsquela en el diccionario – aunque no se usa. Ya ve. El escritor debe absorber los datos de la realidad.

Julio Cortazar, en la obra Papeles inesperados expresa por su parte en torno a esto: “En primer término la creación como tal no tiene un límite, un momento en que pueda considerársela acabada como una carrera profesional o una especialización con fines precisos. El creador se está formando incesantemente a sí mismo, es de alguna manera su propio maestro en la media en que crear es abrirse al mundo para regresar con un contenido cada vez más enriquecedor, en un proceso como de respiración vital y espiritual que se traduce en una obra y que se apoya en ella para continuar el ciclo infinito, la gran aventura humana del arte y del pensamiento. Lo que el creador va dando en forma de libros…, el producto de esa auto-deformación implacable e insustituible, entra entonces y sólo entonces, en el Dominio Público, se vuelve formación del público cuando llega el día en que…, editan, comentan y difunden la obra del creador”.

“CALÍGENE URBANA” ofrece un vistazo a diversos quehaceres y hechos de una historia que no se detiene y avanza con éxito o tropiezos en una rueca sin fin. Se plasman desde hechos históricos hasta situaciones nacionales. Esto ocurre en un dialogo íntimo con el lector y la ciudad, en que el que está leyendo llega incluso a dialogar con los personajes, entre los cuales se incluyen desde un conductor de volquete a una funcionaria pública pensionada, o un médico que persiste en salvar a los que caen en la persistente espiral de violencia que azota la ciudad. Todos estos personajes te invitan a sentar con un café o sin él, para apostrofarte o contarte sus más guardadas querencias quejas y dolores. Ahora, esto no significa en absoluto que la obra tenga un carácter pesimista, por el contrario, convoca a la pro-actividad, al valor, a la dignidad, a la entereza, a la perseverancia, hermana de la esperanza y ante todo, a la fraternidad como fórmula que explica y sostiene la democracia que está llamada siempre a ser participativa y equitativa.

Tomás de Mattos en la obra de Fernando Burgos titulada: Los Escritores y la creación en Hispanoamérica, reza que: “ Si la ficción es un ensueño para vivirlo en vigilia, quien verdaderamente lo sueña es el lector. El texto funciona meramente como un programa que contiene los estímulos, pero el titular de la evocación, quien descubre o desecha sus sentidos, es el lector…Él es quien decide las relaciones entre los acontecimientos, sus consecuencias y sus deshelases; quien determina la importancia de los personajes; quien le consiente sus parlamentos o los manda a callar o resume lo que dicen”. Y de esta realidad que nos devela el escritor Tomás de Mattos se desprende que el escritor y el lector se vuelven uno en la lectura, se funden en la lectura, haciendo nacer incluso un desenlace que no escribió, previó o imaginó el escritor, lo que hace la aventura de narrar una experiencia enriquecedora en que, el que cuenta y el que lee, hacen juntos el Cuento. ¡Por eso declaro que, Narrador y Escritor caminan de la mano para ser mejores a través del Arte!

En “CALÍGENE URBANA”, yo y ustedes reclamamos varias cosas, por ejemplo, en el cuento “Huyen las calles”, un ciudadano de edad avanzada reclama airadamente que el progreso inmobiliario borra sus memorias, cuando dice con voz enojada:

“La ciudad se me derrite entre los dedos, se va como si la alejara, ¡acaso no ve que es al revés, que quiero atajarla para que no se evapore! La urbe que conocí la andan cambiando, casi como una conspiración. Nadie pide permiso, fracturan y derriban todo. Borran los parques, ¡mis parques!, esos en que hice estallar un beso y tomé la cintura de la luna mientras me dejaba hacer. Se me van las esquinas y sus postes de luz, todo me lo quitan…

Desdibujan el entorno que me era inalterable y hoy me resulta semilla entrañable por su ausencia. ¿Para qué esos nuevos y enormes edificios que nadie ocupa, qué malditas razones hay detrás todo esto? ¿Nadie piensa que borra visiones y vivencias? ¿Nadie intuye que hay lugares que están gravados en la gente, aunque les quiten pedazos enteros y arrojen sobre ellos una avenida, una fuente, o elevadores panorámicos? ¿Nadie entiende que nada es lo mismo sin el que vendía periódico a gritos, sin la doña que ofrecía el secreto de la flora del monte, sin aquella hilera de vendedoras de billetes que no cabrán ahora entre tanto lujo? ¡Por dónde quieren que ande hoy mi caudal, si los sitios me son ajenos, si esconden y cambian la ciudad que mi memoria añora!

¡Sí, sí! serán sitios limpios y modernos donde el sol se distraerá lanzando mil reflejos, pero no guardarán el dejo ni la magia de aquella ciudad desde la cual se está gestando la nueva. Aquella, la vieja, la del brinco sobre el charco eterno, de la hierbita que picaba cuando jugabas pelota, la del zaguán de la gorda que vendía empanadas, y aquella otra doña del pescado frito y el hojaldre, ¡ni recordar el viejo cine con su doble tanda y la tiendita del tableño!

Que se nos va la ciudad, que se pierde y nace otra, otra que la relevará, que no es mi espejo y no es su sombra. La nueva dará sus frutos. La mía, terminará reducida a fotos grises y añejas, allá en la pared de alguna biblioteca, y esta tragedia a ninguno de ustedes le importa, …

Quiero terminar con las palabras de Charles Baudelaire: “… ¿No es asombroso que esta idea tan sencilla no ilumine todos los cerebros?; que el Progreso (en la medida que hay progreso) perfecciona el dolor en la proporción en que afina la voluptuosidad, y que si la epidermis de los pueblos se hace cada vez más delicada, evidentemente sólo persiguen una Italiam fugientem, una conquista que pierden al minuto siguiente, un progreso que se niega sin cesar a sí mismo. …”

Contra esta situación, hay que tomar en cuenta las palabras del autor de Conversaciones en la Catedral, La guerra del fin del mundo, Pantaleón y las visitadoras, La tía Julia y el Escribidor, que en un artículo de periódico nos dice: …Y pensé en lo maravilloso que es la vida que los hombres y las mujeres inventamos, cuando todavía andamos en taparrabos y comiéndonos los unos a los otros, para romper las fronteras tan estrechas de la vida verdadera, y trasladarnos a otra, más rica, más intensa, más libre a través de la ficción.

Y yo agrego, de esa ficción que nos hace mejores o no a través de la literatura y las artes, que de una manera u otra nos convocan a la fraternidad como causa primera y última de la vida en sociedad. Y a esa fraternidad como símbolo de la existencia humana los llamo esta noche con “CALÍGENE URBANA”.

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