Nunca me imaginé que te escribiría esta carta en estos momentos, pero el dolor y el afecto, querido amigo, me impulsan a comunicarme una vez más contigo. Te hago llegar estas líneas así abiertamente porque sé que estás en todas partes, con tantos amigos o en alguna estrella del cielo nicaragüense y universal. Recorro en mi mente las últimas conversaciones acerca del ensayo sobre “su majestad”, tu querida y apreciada maestra, Claribel Alegría, que me pediste para Carátula; también la ilusión de que vinieses a la Biblioteca del Congreso a presentar la antología de voces de poetas nicaragüenses del siglo XXI, de próxima aparición, que surgió de nuestros encuentros en la UNAM, bajo los lemas de que la “Cultura conecta” y “Estamos unidos”, sobre el cual habías informado con tanto entusiasmo en el Nuevo Diario. Y ahora, vuelvo una y otra vez, a tus artículos y poemas como si fueran fotografías que me quedan de ti, de tu vida, a las que me aferro: te veo en el texto de “La estatua y la arena” que le dedicas a Sergio Ramírez, donde el niño quiere ser estatua, porque según el padre “Cuando estas mueren se vuelven arena. Luego el viento carga con su peso”.
Sin embargo, tu dedicación y enamoramiento con la cultura, tu poesía destacada por los grandes críticos y amigos como Julio Ortega, Jorge Boccanera, el afecto que te guardamos desde el centro al sur y al norte, en los dos lados del Atlántico, reconocido en el 2005 con el Primer Premio Internacional Ernesto Cardenal de Poesía Joven , hace de tu existencia, una presencia inmortal. Lo confirmaste cuando te pregunté que era para ti poesía y me respondiste: “…Con la poesía el hombre logra la realización del ser, la imaginación y creación de aquello inexistente que lo ubica sobre la aparente nada… Escribo porque estamos hechos de palabras y creo en ellas, si digo abrazos construyo puentes, si digo mar construyo un faro y una orilla para llegar a alguien.”
A pesar de que me ha colmado de tristeza tu partida y de sentir que no compartiré el entusiasmo de tu juventud por esos caprichos del tiempo, la distancia y el destino, le robo a Juan Ramón Jimenez, el mentor de tu clara y alegre mentora, Claribel, una cita en una de sus cartas a Zenobia, para consolarme –pensando que es un sueño pero en el que te veo sonriendo contrario al título de tu poemario- porque como dijo Leonardo de Vinci: “Como un día bien empleado da alegría al dormir, una vida bien usada da alegría al morir".
Adiós, mi querido Francisco Ruiz. Con lágrimas de afecto, me voy a sembrar contigo girasoles, los del poema que le dedicaste a Vincent Van Gough en nuestra antología. Hasta que nos veamos nuevamente en el Sol.
Te aprecio mucho.
Luis Alberto
Fotografía extraída de www.trovaluna.blogspot.com












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