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miércoles, 12 de enero de 2011

Carta a Francisco Ruiz Udiel (Luis Alberto Ambroggio)

Nunca me imaginé que te escribiría esta carta en estos momentos, pero el dolor y el afecto, querido amigo, me impulsan a comunicarme una vez más contigo. Te hago llegar estas líneas así abiertamente porque sé que estás en todas partes, con tantos amigos o en alguna estrella del cielo nicaragüense y universal. Recorro en mi mente las últimas conversaciones acerca del ensayo sobre “su majestad”, tu querida y apreciada maestra, Claribel Alegría, que me pediste para Carátula; también la ilusión de que vinieses a la Biblioteca del Congreso a presentar la antología de voces de poetas nicaragüenses del siglo XXI, de próxima aparición, que surgió de nuestros encuentros en la UNAM, bajo los lemas de que la “Cultura conecta” y “Estamos unidos”, sobre el cual habías informado con tanto entusiasmo en el Nuevo Diario. Y ahora, vuelvo una y otra vez, a tus artículos y poemas como si fueran fotografías que me quedan de ti, de tu vida, a las que me aferro: te veo en el texto de “La estatua y la arena” que le dedicas a Sergio Ramírez, donde el niño quiere ser estatua, porque según el padre “Cuando estas mueren se vuelven arena. Luego el viento carga con su peso”.


Sin embargo, tu dedicación y enamoramiento con la cultura, tu poesía destacada por los grandes críticos y amigos como Julio Ortega, Jorge Boccanera, el afecto que te guardamos desde el centro al sur y al norte, en los dos lados del Atlántico, reconocido en el 2005 con el Primer Premio Internacional Ernesto Cardenal de Poesía Joven , hace de tu existencia, una presencia inmortal. Lo confirmaste cuando te pregunté que era para ti poesía y me respondiste: “…Con la poesía el hombre logra la realización del ser, la imaginación y creación de aquello inexistente que lo ubica sobre la aparente nada… Escribo porque estamos hechos de palabras y creo en ellas, si digo abrazos construyo puentes, si digo mar construyo un faro y una orilla para llegar a alguien.”

A pesar de que me ha colmado de tristeza tu partida y de sentir que no compartiré el entusiasmo de tu juventud por esos caprichos del tiempo, la distancia y el destino, le robo a Juan Ramón Jimenez, el mentor de tu clara y alegre mentora, Claribel, una cita en una de sus cartas a Zenobia, para consolarme –pensando que es un sueño pero en el que te veo sonriendo contrario al título de tu poemario- porque como dijo Leonardo de Vinci: “Como un día bien empleado da alegría al dormir, una vida bien usada da alegría al morir".

Adiós, mi querido Francisco Ruiz. Con lágrimas de afecto, me voy a sembrar contigo girasoles, los del poema que le dedicaste a Vincent Van Gough en nuestra antología. Hasta que nos veamos nuevamente en el Sol.

Te aprecio mucho.
Luis Alberto

(Luis Alberto Ambroggio, Academia Norteamericana de la Lengua Española).

Fotografía extraída de www.trovaluna.blogspot.com

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