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lunes, 2 de julio de 2012

Abrir las manos




 Por Cheri Lewis (este cuento aparecerá dentro de poco en la antología de Talleres en Panamá y del Diplomado Internacional de Creación Literaria versión 2011. El primer programa fue llevado a cabo por la Fundación para la Gestión del Arte y AFP Cooperación Cultural, y contó con el apoyo de la Embajada de España en Panamá y de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, AECID.  El segundo programa fue llevado a cabo en el marco de  la Universidad Latina de Panamá).

Los bebés empezaron a llegar en el verano. Recuerdo bien al primero. Yo estaba en el baño cepillándome los dientes cuando una sombra pasó por el pasillo reflejándose en el espejo. Me asomé a la puerta y lo vi. Iba desnudo y sucio. Atravesó gateando el medio de la sala y se fue directo hacia mi hermana, que en ese momento estaba en el sofá leyendo un libro. Se apoyó en sus rodillas y la abrazó. Ella lo levantó del piso con ternura y no volvieron a separarse el resto del día. Cuando llegó mi mamá, lo acogió de inmediato en el seno familiar. Le improvisaron una especie de cuna en el cuarto de mi hermana y esa noche durmió con ella.
A los pocos días llegaron los gemelos, un niño y una niña. Al igual que el primero, venían desnudos y sucios. Los encontramos una mañana durmiendo en el jardín. Nadie los vio entrar, supongo que lo hicieron en la noche o en la madrugada mientras dormíamos. También los ubicaron en el cuarto de mi hermana porque ella lo pidió. Dijo que la entretenían y que se encargaría de los tres.  La verdad es que para ser bebés casi no molestaban. Nunca los oí llorar, ni quejarse, ni reír. No agarraban los jarrones, no rompían cosas valiosas. Solo gateaban y gateaban, como buscando siempre algo. Cuando el cansancio los rendía se iban directo a los brazos de mi hermana. Ella tan buena, los atendía siempre sin quejarse.
Una semana después aparecieron cuatro más: tres varones y una niña. Era temprano en la mañana, estabamos todos en el desayunador cuando sentimos una brisa fría y vimos las cuatro siluetas en el marco de la puerta trasera. Estaban en contraluz, de modo que eran como cuatro sombras sin rostro, estudiándonos desde afuera. Estos bebés, eran mayores y entraron caminando. Se dispersaron a nuestro alrededor, abriendo los gabinetes y registrando en ellos. Mi madre tomó la canasta de pan con mantequilla que estaba en la mesa y se las ofreció junto con unas mandarinas. Los bebés la tomaron con sus manos sucias y a los pocos minutos ya habían devorado todo. Las uñas largas y llenas de tierra sugerían que habían estado vagando solos mucho tiempo. Esa noche movimos los muebles y los pusimos a todos a dormir en el piso de la sala. Mi madre, mi hermana y yo subimos las escaleras y conversamos en mi cuarto. Les mencioné que la situación se estaba saliendo de control, que ya no podíamos tener tantos bebés en nuestra casa. Mi hermana pensaba diferente. Decía que si habían llegado a nuestro hogar debíamos recibirlos, que cómo íbamos a rechazar a esas criaturas inocentes. Nuestra madre escuchaba nuestras razones y callaba. Se le veía preocupada. Había prendido un cigarrillo y se había puesto a fumar en la ventana, mirando hacia afuera. Vendrán más, mencionó, y eso no es bueno. Mi hermana y yo nos miramos. Había temor en nuestros ojos pero no dijimos nada. Esa noche nos quedamos arriba, en el cuarto de nuestra madre. Nos acostamos en su cama los tres, como solíamos hacerlo de pequeños, mi madre en el medio y mi hermana y yo a cada lado. No pude dormir bien. La madrugada se me hizo interminable. Me sentía con naúseas pero no quise levantarme de la cama porque sabía que igual no se me iban a quitar haciéndolo.
Aún tenía los ojos abiertos cuando el cielo cambió de color. Escuché ruidos abajo y me paré de un salto. Mi madre y mi hermana reaccionaron de la misma forma. Se notaba que ambas habían pasado la misma mala noche que yo. Los primeros rayos de sol empezaban a colarse por entre las cortinas cuando, con solo mirarnos, decidimos salir de la cama y bajar a la sala.
La casa se había quedado en silencio. Solo se escuchaban nuestros pasos crujiendo sobre la madera. Mi corazón latía muy fuerte. Podía escucharlo incluso por encima de mi respiración.
Cuando llegamos a la escalera los vimos. Estaban todos en la sala. Parados, mirando hacia arriba, esperando por nosotros. Los siete bebés que habíamos acostado en la noche estaban en un primer plano, cerca del librero. Detrás de ellos habían más, veinte, quizás treinta o cincuenta, no los pude contar. En la gran ventana de vidrio que pega al jardín habían otros más, observando desde afuera. La casa no estaba en desorden, pero por la forma en que habían quedado las gavetas, se veía claramente que las habían registrado. 
Bajamos la escalera lentamente, bajo la mirada implacable de las criaturas. Cuando llegamos al último escalón un bebé se nos acercó. Era el primero que había llegado a la casa. Lo reconocí por la mancha oscura que tenía cerca de su hombro izquierdo. Me extrañó que ya no gateara y que viniera caminando. Pasó por el medio de mi madre y yo y tomó la mano de mi hermana, separándola de nosotros y acercándola a su grupo. Los demás bebés la rodearon enseguida, agarrándola por la falda. La última bebé que había llegado ayer le sujetó la otra mano. Mi hermana nos miró muy asustada. Una lágrima salió de sus ojos y sin recorrer su mejilla cayó directo en la alfombra. Mi hermana lloraba así, era muy raro. Poco a poco los bebés se empezaron a marchar, llevándose a mi hermana con ellos. Traté de detenerlos, pero al dar el primer paso todos se pararon y voltearon sus cabezas mirándome fíjamente. Mi madre me haló hacia atrás por la camisa. Es inevitable, me dijo, no hay nada que podamos hacer. Quiero despedirme de ella, dije. ¡Déjenme despedirme de ella! les gritaba cada vez más fuerte pero se hicieron los desentendidos. Mi hermana se fue con ellos sin mirar hacia atrás. Sabía que lloraba por el movimiento tembloroso de sus hombros. Cuando hubieron salido todos de la casa, me solté de mi madre y corrí hacia afuera. El último recuerdo que me quedó de mi hermana fue su figura caminando a lo lejos, perdiéndose en la carretera rodeada de esas diminutas cabezas. No volvimos a recibir a nadie nunca más.

Por Cheri Lewis
Imágen extraída de freepik.es

2 comentarios:

  1. Fabuloso texto, me ha encantado! Hay una vena de horror muy sutil y eficaz

    Saludos!

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