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lunes, 2 de julio de 2012

Caminatas de ultratumba




Por Ariel Moreno  (este cuento aparecerá dentro de poco en la antología de Talleres en Panamá y del Diplomado Internacional de Creación Literaria versión 2011. El primer programa fue llevado a cabo por la Fundación para la Gestión del Arte y AFP Cooperación Cultural, y contó con el apoyo de la Embajada de España en Panamá y de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, AECID.  El segundo programa fue llevado a cabo en el marco de  la Universidad Latina de Panamá).

Íbamos caminando la muerte, tú y yo. Intentaba ignorarla, su compañía nunca fue de mi agrado. Tú y yo solíamos bromear sobre su parca presencia. Pero ella siempre fue demasiado altiva, demasiado segura, conocedora de antemano de que nuestras bromas eran un intento desesperado por no recordar que a pesar de llevar tantos años caminando a nuestro lado era la única que podía separarnos.

Su charla era amena, sabia, consiente -como deberíamos de serlo todos-  que este mundo es apenas un suspiro, un paso breve y efímero y que
 -No vale la pena aferrarse a demasiadas "cosas" pues pasan y solo queda la esencia- solía decirnos. Solía también apantallarnos (sobre todo a ti) con sus grandes relatos, enmarañadas historias e increíbles descripciones. Conocía a todo gran personaje que paso por este mundo y solía echárnoslo en cara cada cierto tiempo.

-Ale no era homosexual, solo un poco amanerado, pero hay que ver como volaban los chismes en Grecia-  contestó cuando le preguntaste por  Alejandro Magno. Obviamente lo  de "Ale" no era más que para darse aire.
A ratos la muerte desparecía por completo y solo éramos tú y yo.  Valoraba esos momentos con toda mi alma aunque debo reconocer que mi personalidad se  quedaba corta ante la muerte pues como dice aquel refrán, "más sabe el diablo por viejo...". Habría que pedir dedos prestados a todas las personas para contabilizar los años que llevaba la muerte rondando por este mundo (y el otro). Mis anécdotas e historias mucho más vánales (siendo sincero) solían aburrirte.

 Me esforzaba por impresionarte. De vez en cuando pensaba tener pequeños avances pero cuando la muerte llegaba con su aire tétrico y su apenas perceptible olor a podredumbre; traía consigo también las más geniales historias que te hacían reír o pensar, inclusive algunas veces las dos cosas al mismo tiempo y yo quedaba relegado a un segundo plano efímero y mortal.

 Le temíamos (yo más que tú) pero también le admiráramos (tú más que yo) y algunas veces hasta le envidiamos (yo). Mis aires de escritor frustrado, deseaban  con vehemencia el saco de historias que cargaba la muerte. Sobre todo aquellas que introducía con la frasecilla: "Esta bien, os lo contare pero no se lo digáis a nadie" era entonces cuando se explayaba en las más increíbles narraciones, que de haber tenido esa autorización de ultratumba, estoy seguro bien habría podido escribir mi primera novela.

Pero sobre todo envidiaba la manera en que la mirabas, tan absorta, tan asombrada. Hubiera dado cualquier cosa porque  alguna de mis historias te hiciera quedar así. Hubiera matado porque tus ojos me miraran de la misma manera en que le mirabas a ella. Pero matar hubiera sido darle un poco más de ventaja.

Íbamos caminando la muerte tú y yo cuando te hizo el ofrecimiento. Fue claro y sencillo.
-En la vida hay tres momentos para decidir si vienes conmigo o si te quedas- dijo con su gélido aire y con la tranquilidad de quien habla sobre llover.
 -Por lo general las tres oportunidades pasan sin que nadie lo note y de pronto ¡chaz! otro funeral más, pero contigo será diferente, esta es tú primera oportunidad, será rápida e indolora y solo me acompañaras al otro lado, sin más estarás con todos aquellos de los que te he contado y podrás comprobar por ti misma todos mis relatos-
Yo la mire horrorizado. ¿Cómo se le ocurría pensar que tú te separarías de mi así nada más? Me miraste con aire indeciso casi disculpándote  y en aquel instante supe tu decisión.

-¿Yo también puedo ir?- pregunté desesperado aun temiendo una respuesta negativa.
-Aun no es tu hora y lo sabes bien- fue toda su respuesta.

Intenté argumentar algo pero pensé lo estúpido que sería discutir con ella. Tú balbuceaste algunas palabras sobre seguir con mi vida y volver a amar otra vez. Apenas te escuché y ahora me arrepiento, cuanto me gustaría atesorar ahora aquellas palabras.

 La muerte no mintió, te tomo de la mano y sin nada de dolor para ti, te desapareció de mi vida. Pasaron algunos meses y la siguiente vez que llego la muerte le pregunté por ti. Me dijo que parte de su política era no hablar de seres queridos, que si no me interesaba saber algo más sobre Atila o sobre Cesar Augusto sería un placer contarme un par de secretos. Inclusive me ofreció dejarme escribir algo de aquello pero si tú no leías mis historias ¿Para qué iba yo querer escribir?

 Le pregunté cuanto tiempo me faltaba para ir contigo. Su política también le impedía decirme eso. Pregunté entonces si me permitía escribirte algo. Empezó a decir algo sobre su política, pero luego apiadándose de mi dijo que haría una excepción extraordinaria de la que nadie debía de enterarse. Me entregó entonces un bolígrafo y el papel que debes tener ahora en tus manos. (¿Tienen manos en aquel lado?)

Solo quería recordar los buenos ratos, y contarte que la vida (y la muerte) no es lo mismo sin ti. Que las historias no saben igual y los miedos ahora son más grandes y reales, contarte que de alguna forma la muerte ya no me impresiona. Solo quería contarte que aun recuerdo aquellos días cuando caminábamos la muerte, tú y yo.


La imagen fue extraída de freepik.es

2 comentarios:

  1. Muy buen escrito, te mantiene atento a la narración, esperando que de pronto. a la muerte se le salga un secreto importante. Felicidades Ariel, ¿tienes algo más publicado?

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  2. Felicito al que escribió esto, la verdad me hizo conmover al punto de llorar en el último párrafo. Definitivamente, soy una romántica irremediable. Gracias Carlos Wynter, por darme esta oportunidad de degustar literatura y de paso, trabajar contigo.

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