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lunes, 2 de julio de 2012

Ella + Él= ¡Kabúm!


Por Raúl Altamar (este cuento aparecerá dentro de poco en la antología de Talleres en Panamá y del Diplomado Internacional de Creación Literaria versión 2011. El primer programa fue llevado a cabo por la Fundación para la Gestión del Arte y AFP Cooperación Cultural, y contó con el apoyo de la Embajada de España en Panamá y de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, AECID.  El segundo programa fue llevado a cabo en el marco de  la Universidad Latina de Panamá).
            En ese intenso e inevitable momento, en la cúspide de la rabia, ella le soltó la cachetada más fuerte que había producido en su vida: mano abierta, dedos apretados, brazo firme, aterrizada con un estruendo que le dejó el oído reventado y el cachete derecho rojo.
            -Esto es lo último. El final. Se acabó. Eres el idiota más imbécil que he conocido y más estúpida soy yo por creer en ti, y a pesar de todo lo que bien sabes me decían mis amigas y mi familia, yo seguí ahí de babosa contigo. Llevo años aguantado tus mierdas, ¿y para qué? Dime, por favor, ¿para qué? No es una pregunta retórica, pendejo, ¡responde!
            Su expresión era nula. En blanco. El punto medio entre un discapacitado mental distraído y un monje iluminado zen. Él no tenía nada que decir, así que le dejó hablar.
            -No te puedo decir cuál fue la gota que derramó el vaso, ¡porque lo has derramado tantas veces! ¿Recuerdas hace un año cuando te encontré los mensajes de texto de esa compañerita de tu trabajo? Puta madre, ¡la man decía que sabías rico! ¿Y qué me contestaste? Tu disque “está molestando, era una broma de la oficina”. Sí, voy yo a creer. Pero te perdoné, idiota, ¿puedes creerlo? Y esa vez hace cinco años que te pedí que me ayudaras a vender la finca esa que me dejaron mis papás… ¿tu crees que yo no se cuánto valía y cuánto le sacaste sin decirme? Yo quería alguien que me ayudara con la venta y los compradores, pero ignorante con el dinero no soy; en el momento pensé “pues le doy alguito de comisión, total, sigue sin trabajo”. Qué pendeja fui, y nunca pensé que fueras transa, y menos conmigo, pero eso demuestra lo mierda que eres, ¿no crees?
            Ni un músculo de su cara se contrajo. Él seguía en blanco, escuchando. Total, no habría vuelta atrás. No ahora…
            -Uy, y qué me dices de todas esas veces que te ibas a esos toques con tus amigos. ¿Crees que no se de todas esas rockeritas sudadas que se te meneaban y que les comprabas pintas? Hay fotos en fucking Facebook de ti y tus amigotes rodeados de ellas, ¿¡qué verga te pasa!? ¡Todo el mundo ve esa vaina! Tu descaro no tiene límites, querido, y yo ya estoy hasta aquí. Sabes qué me dolió buco, y esto no te lo he contado nunca, ¿recuerdas a esa chica que estuvo practicando un rato en mi oficina? Pues la chiquilla era ex de tu pana ese, Lalo, y la man un día se sinceró y me dijo que había parkeado contigo y que nunca, en ningún momento, le mencionaste a esa novia amada con la que llevabas saliendo la mayor parte de tu vida adulta. Nada. ¿Cómo crees que me sentí? Como una porquería, por si quieres saber, pero mejor aún, ¿cómo te sentiste tu? ¿Te daba igual? ¿Te daba cargo de conciencia negarme o ignorarme? Yo confiaba en ti, y aunque sabías que ese ambiente con esos amigos no me gustaba mucho yo sentía tranquila porque pensaba que esa bola de rejeros eran puro tilín tilín y nada de paleta.  Qué equivocada estaba.
            Ella hizo una pausa y comenzó a sollozar amargamente. Ya había estado llorando y su cara estaba roja e hinchada, pero ahora se distorsionó por completo llena de ira y dolor. Él estaba inmóvil, como la columna de una ruina.
            -“Ese man no vale la pena”. “El tipo es un quemón de primera, un patán”. “No tiene futuro, mira que de a vaina consiguió su título pero se la pasa trabajando en ahuevasones y call centers”. “Tu vales más que eso”. “Puedes conseguirte a alguien mejor, te mereces a alguien mejor”. ¿Tu crees que yo no escuchaba lo que me decían?  Pendeja yo por querer rescatar al Titanic. ¿Y sabes porqué me aguanté casi diez años de tu mierda, de tu inmadurez, tu irrespeto y tu total falta de compromiso? Era por mi, no por ti. Jeje, qué mariconada, ¡era por mi inseguridad! Pensándome rara, o sintiéndome triste, me decía que tu eras lo mejor que podía tener y no debía soltarte para nada. Todas las mujeres se aguantan algo, y definitivamente todos los hombres se la cagan de vez en cuando. Pero sabes qué, ya me cansé de sentirme así. Ya me cansé de que se aprovechen de mi, de que yo misma no me de a respetar y de que idiotas como tu se confíen de esta ahueva’a.
            Aquí sus cejas se arquearon un poco. Ligeramente sorprendido.
            -Y ni siquiera eras el mejor polvo del mundo, te comento. Y eso es algo que hasta tu ex de la adolescencia me dijo una vez cuando nos la encontramos en fuego en esa boda en la playa. Sí, dabas ricas mamadas que yo amablemente correspondía, pero el resto del tiempo me la pasaba fantaseando con Alex Rodríguez de los Yankees o con Riky Martin antes de que saliera del clóset. Apuesto a que pensabas que yo estaba agradeciendo a los dioses por este semental que tenía encima. Te equivocas, papito. Y ni hablar de todas las mierdas que le aguanté a tu jodida familia de verga. ¡Se merecen los unos a los otros por locos!
            Esto sí le dolió, y su labio inferior tembló levemente.  
            -Así que aquí termina la vaina, amorcito. Dicen que en el 2012 se acaba el mundo, así que cuando el desmadre se desate yo quiero estar contenta, tranquila y acompañada, de ser posible, por un tipo hecho y derecho, no con un morón como tu. Voy a dejar toda tu ropa y vainas que tienes en mi casa en un cartucho negro de basura frente a la puerta de tu casa, para que tu mamita la recoja y te lo dé. Y de los regalos que me diste, salvo el anillo de mil palos que me regalaste en nuestro séptimo aniversario y que voy a empeñar para pasar un día en mejor spa de la ciudad, todo lo demás va para Cerro Patacón. Te aviso que serás borrado y bloqueado de mis correos y de mi celular. Ni intentes llamarme. Como sé que te puedes poner medio loquito cuando te mando al carajo, le diré a los seguridad de mi edificio que si te ven a ti o a tu carro rondando el área que llamen de una vez a la policía.  Ya no me importas, ya no te quiero y te deseo… te deseo… lo único que te deseo es lo que te mereces. Hasta nunca.
            Ella se dio la media vuelta y comenzó a caminar, desafiante, hacia su carro, que estaba estacionado a un par de metros de donde estaban parados discutiendo. Era temprano y no había nadie alrededor. Él sacó de su bolsillo el pequeño control remoto y se permitió una pequeña sonrisa, porque la astucia con la que planeó todo fue como de película. Cuando ella arrancó el motor él apretó el botón circular negro, y libra y media de explosivos plásticos pegados en el mofle detonaron todo. Lo que no pensó él, en su mentalidad confirmadamente ignorante, es que debía alejarse porque la onda expansiva lo alcanzaría si estaba cerca. Y sí estaba cerca.  
           
Dos cuerpos calcinados, o dos bolsas llenas de huesos ahumados, fue lo que recogieron los peritos del Ministerio Público una vez los bomberos apagaron el fuego ocasionado por la explosión en el estacionamiento de Multiplaza. El claro cielo azul de esa mañana de verano se manchó de un grueso humo negro.  
Por Raúl Altamar
La imagen es de freepik.es

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