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lunes, 2 de julio de 2012

La Caja

Por Carolina Fonseca (este cuento aparecerá dentro de poco en la antología de Talleres en Panamá y del Diplomado Internacional de Creación Literaria versión 2011. El primer programa fue llevado a cabo por la Fundación para la Gestión del Arte y AFP Cooperación Cultural, y contó con el apoyo de la Embajada de España en Panamá y de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, AECID.  El segundo programa fue llevado a cabo en el marco de  la Universidad Latina de Panamá).


El día de tu jubilación te ves parada en la acera sosteniendo una caja con todo lo que había ocupado tu escritorio; sola y sin saber qué hacer. Tu imagen reflejada en la vitrina  de enfrente: la imagen de una mujer vieja con una caja en los brazos y con esa expresión de desamparo. Miras a la derecha... a la izquierda... sabes que da lo mismo; tan solo una cuadra más hasta la entrada del metro. Viras a la izquierda -no porque lo hayas decidido- y sigues el flujo de gente que a esa hora sale a la calle rumbo a su casa. Caminas sintiendo el peso ridículo de cuatro bolígrafos, dos agendas, y unos cuantos adornos que te hacían sentir cómoda cuando llegabas a tu trabajo, y que ahora en esa caja, fuera del espacio que ocuparon, carecen de sentido. Pasas de largo el cruce a la estación por primera vez en todos esos años -sin decidirlo tampoco-, porque sabes que a diferencia de cualquier otro momento de tu vida, se te han roto los mapas y todos los esquemas que te conducían de tu pequeño apartamento de mujer-de-clase-media-solterona, a la oficina de recepción de Sucre & Asociados, y de allí, de vuelta, cada día, de lunes a viernes, de 8:30 am a 5 pm. Ahora nada te espera; tomar el vagón de las 5:20 de la tarde no tiene importancia, como no la tiene ese reloj que no recuerdas haberte quitado en años y que mirabas a menudo para llenar de propósito tus días con un sin fin de actividades y gestos sin trascendencia. Te dejas llevar por las curvas de la acera en un estado que te es desconocido como te son desconocidas las grietas que han hecho las raíces de los robles en el pavimento y la inclinación que va hacia el puente angosto y alto de la calle 6. Llegas al centro de ese puente y viras para apoyarte en la baranda de metal que hubieras querido sentir más firme, menos baja; tus brazos apoyados con esa carga inútil, y te asomas, atraída por un vacío que reconoces después de tantos años; atraída por los carros que pasan a gran velocidad, una velocidad que ahora te es ajena y que produce un ruido ensordecedor que hace temblar la baranda, tus brazos, la caja. Entonces la sueltas, y ves como va cayendo hasta estrellarse pequeña allá abajo; la pobre debajo de las ruedas de un carro... de otro... de otro, hasta que se aquieta; y por primera vez sonríes y dejas de mirarla, de pensar en ella, la pobre. Te yergues, y un poco más ligera, caminas; y el ruido ese que producen los carros, tan molesto, se va acallando mientras te alejas. 


La imagen fue extraída de Zarrapastroso.com

1 comentario:

  1. Muy buen cuento, sabe mantener la intencidad y la incertidumbre del descenlace hasta la última línea.

    Saludos!

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